Teoría Mimética

Por David García-Ramos Gallego

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Los ritos de origen [fragmento de la coreografía de Pina Bausch sobre La consagración de la Primavera de Igor Stravinsky]
La época en la que vivimos ha sido denominada por algunos como la era de la víctimas. Así lo han señalado desde perspectivas muy diferentes Michel Foucault y René Girard, quien habla, de hecho de “le souci moderne des victimes” [la cuestión o el problema moderno de las víctimas]. La denominada teoría mimética de René Girard explica el origen y el funcionamiento de las culturas humanas en torno al sacrificio de una víctima que asume las culpas de todo el pueblo. El esquema es sencillo y Girard ofrece ejemplos de muchas culturas y sociedades del mundo, por los que deduce su carácter universal.

Triangulo-Amoroso
A veces, ni el amor de nuestra vida deseamos de manera original

1) El deseo del hombre es mimético. Se diferencia de la mera necesidad o apetitopor dos motivos: porque el origen de ese deseo no es el objeto, sino la imitación del deseo de otro, un modelo, y por su carácter metafísico: nada parece poder saciarlo. Esto quiere decir que el objeto de deseo no importa tanto como el modelo al que imitamos. Y como el objeto no importa y su consecución es secundaria, la frustración y la violencia derivada van de la mano.

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Llegar a las manos no es solo cosa de hombres… la rivalidad mimética es cosa de todo el género humano

2) Si ese modelo está a nuestro nivel se convierte en rival y convertido en rival se produce una escalada de violencia mimética (es decir, fruto de la imitación de los deseos) en la que toda la sociedad puede verse implicada (y de hecho suele ser así: piénsese en la cadena que va de la bronca en casa al estadio de fútbol, de la pelea en clase a la manifestación).  Esto no sucede cuando los rivales pertenecen a otro nivel metafísico o social: la rivalidad no puede darse y lo que aparece entonces, en todo caso, es el resentimiento. Del resentimiento a la violencia hay un solo paso y enseguida encontramos rivales y víctimas a mano: la escalada de violencia mimética se producirá tarde o temprano a pesar de todo.

3) Una vez que la violencia se ha extendido y estamos en la lucha del todos contra todos, en la que los objetos de deseo no importan, importan solo esos modelos que son ahora rivales, dobles monstruosos de uno mismo, una vez que estamos en estas, y que parece que estamos abocados a la autodestrucción, aparece la soluciónel mecanismo victimario. Del todos contra todos pasamos al todos contra uno, al chivo expiatorio.

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Se trata de un mecanismo universal [imagen del Códice Magliabechiano].
Este esquema subyace a todas las culturas bajo una capa de méconnaissance, de cierta ignorancia a sabiendas: sabemos que eso es lo que nos salva, pero no podemos reconocernos a nosotros mismos la mentira sobre la que construimos nuestro vivir en común. ¿Cuál es esa mentira? Que la víctima sobre la que descargamos nuestra violencia es inocente, es elegida casi al azar, por alguna marca que la distingue de la masa indiferenciada de rivales miméticos, alguien débil, que no puede defenderse, marcado –aunque la marca aparece luego: todos podemos ser víctimas porque todos tenemos alguna marca que nos diferencia, signos de diferencia que nos hacen susceptibles de ser víctimas y que por eso nos esforzamos tanto en esconder: queremos ser como los demás para que no pueda recaer sobre nosotros la acusación, como Pedro cuando es acusado de ser galileo, por una marca, el acento, que lo distingue, “tú hablas como un galileo”; la negación de Pedro es la del individuo que renuncia a su individualidad, a su identidad, para hacerse uno con la masa y evitar ser el próximo chivo expiatorio–. Girard dice que las diferencias surgen después del sacrificio. La ley también, y la ley no es más que un escalpelo muy fino que diferencia la culpa de la inocencia, las acciones culpables de las inocentes. La ley es una tarea sin fin como descubre Joseph K., el protagonista de El proceso de F. Kafka, una tarea cuyo único fin, si lo tiene, es el sacrificio del acusado.

¿Cómo y cuándo aparece desvelada esta mentira, “la estúpida génesis de la cultura humana”? La respuesta al cómo y al cuándo es la misma: en la Pasión de Cristo, culminación del texto judeocristiano de desenmascaramiento de la violencia que hay tras lo sagrado, que muestra el camino a lo santo (esta diferencia entre lo sagrado-violento y lo santo es importante). En la lectura que hace Girard de la Pasión, siguiendo –sin saberlo, porque no es teólogo– a los Padres de la Iglesia, lo que se revela es la inocencia de las víctimas de los hombres –que no de los dioses o de Dios: Dios hace caer la lluvia y brillar el sol sobre buenos y malos–.

Lo que revela la Pasión es que la sangre del inocente clama al cielo desde Abel. Así aparece la figura de este cordero inocente en el himno de Melitón de Sardes. Así es presentado el Siervo de YHWH. Así todos los profetas. Así también José, víctima de sus hermanos, un relato que es especialmente interesante. Así todas las figura Christi del AT aparecen como denuncias silenciosas y silenciadas del mecanismo victimario. Silenciosas y silenciadas porque su denuncia no hace uso de la violencia (lo que sería caer de nuevo en el ciclo de violencias que desata el deseo mimético) sino que espera de ti, espectador o participante, que te conviertas y conozcas.

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Las miradas se apartan del rostro del Hijo del hombre, la verdad que no queremos contemplar…
 Una vez revelada que la víctima es inocente, las consecuencias se hacen notar rápidamente: ya no puedo descargar mi violencia sobre otro, sobre la mujer o el niño, el extranjero o el tarado. Tarde o temprano todos estos colectivos de víctimas van conquistando el derecho a la vida. El cielo poblado de dioses –esas víctimas que luego son divinizados porque al morir han devuelto la vida a la sociedad; y eso se les reconoce post mortem: siendo culpables debían morir, pero muriendo nos salvaron a todos, su poder divino es evidente–, ese cielo de la Antigüedad, va desapareciendo poco a poco. Max Weber lo llamó el desencantamiento del mundo. Por el camino eliminamos al Dios del judeocristianismo, al único defensor (parakletos) de las víctimas. Una pregunta interesante es por qué nos deshicimos también del Dios cristiano. La respuesta es sencilla: por contagio, por convertir el relato (mythos) cristiano en un mito más, por sus evidentes similitudes con los mitos –en ellos hay ya concepciones virginales, nacimientos milagrosos, vidas ocultas, reconocimientos (anagnóresis), muertes ignominiosas y resurrecciones–. Lo que hay de novedad en el relato cristiano es precisamente lo que lo diferencia del resto de mitos: revela nuestra parte de culpa en el mecanismo sacrificial, nuestra incapacidad de amar hasta la muerte, de dar la vida, de desmarcarnos del impulso de la masa. Pero lo más significativo es que al resucitar, al no tener tumba ni cuerpo que venerar, se cierra el ciclo del mecanismo victimario: no es posible la venganza por parte de los nuevos cristianos y no es posible la “divinización” post mortem de Cristo siguiendo la mecánica de las religiones arcaicas. La fe en la Resurrección es la verdadera conversión. Hasta ese momento Jesús es traicionado por todos los que le eran cercanos, los discípulos lo dejan solo, incluso lo niegan, se esconden. Se hacen uno con la masa acusadora. La conversión, que sucede tras la resurrección, es reconocerse perseguidor, reconocer que hemos asesinado a un inocente, que somos responsables de la muerte del otro (como diría Levinas). Las dos grandes conversiones del NT son la de Pedro y la de Pablo: ambos eran perseguidores y al reconocerse como tales se hace la luz sobre todos los procesos, sobre la verdadera naturaleza de Cristo, sobre “las cosas ocultas desde la fundación del mundo” (kekrymmeya apó katabolés, Mt 13, 35), las cosas que Cristo quería revelarnos.