Máscaras y mascaradas…

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 24 de septiembre de 2020

Enmascarados tras una telilla de algodón parecía que se había logrado el objetivo político de los totalitarismos: el de la igualación por decreto. Todos iguales ante la enfermedad, todos de rostro indefinido, todos mimetizados tras el velo de opacidad que nos cubría la identidad. Todos confinados sin posibilidad de exhibir nuestra capacidad adquisitiva, nuestros modelos de coche, de ropa. Es lo que la peste traía siempre: no hay rey, ni plebeyo, rico ni pobre, que se vea libre de la peste. Aunque en los barrios más hacinados y de convivencia obligada en espacios compartidos más estrechos haya una mayor incidencia, es solo una cuestión estadística. La peste, como decía Girard, es la indiferenciación por excelencia. 

https://www.eleconomista.es/status/noticias/10564394/05/20/16-mascarillas-de-lujo-y-personalizadas-homologadas.html

La mascarilla cubre el rostro del hombre ocultando la complejidad de sus gestos que expresaban odio, amor, alegría, tristeza, desolación, esperanza.… ahora todo rostro es inexpresivo, o dice lo mismo: miedo. El resto hay que decirlo con las cejas y la mirada. También con la singularidad y originalidad estética de las mascarillas: en forma de perro, de colores diversos, formas cada vez más sofisticadas. Queriendo volver a la diferenciación por la afirmación a la singularidad (también en este intento de personalización somos hipermiméticos).

Los pensadores han puesto en marcha la máquina de producir palabras que interpreten la pesadilla apocalíptica. Todavía no he leído a ninguno que hablará de la pérdida del rostro. Los bandoleros se cubrían la cara para no ser reconocidos porque iban a ejecutar una fechoría que les delataría si fuesen a rostro descubierto. Hay algo bandido en esto del uso de la mascarilla. Con la excusa de “no contaminarnos unos a otros”, nos hemos vuelto más miedosos y distantes de lo que éramos. Nos robamos unos a otros la inocencia, la posibilidad de confianza, la verdad de lo que expresamos cuando el rostro desvela lo profundo de nuestros pensamientos.  

Esta época que nos ha tocado vivir es un tiempo intermedio, es la expresión de San Pablo, el katejón, lo que mejor recoge este “espíritu de los tiempos”. Se ha hecho visible lo invisible, paradójicamente a través del ocultamiento del rostro: que no somos más que un trozo de carne con ojos. Reducidos a cuerpo somos materia disponible. Se nos maneja como carne para el matadero, somos una mera estadística… los que han muerto, los infectados, los asintomáticos, y los que esperan su momento de contagio. No hay más que esperar.   

De momento, en el katejón todo es un caos ininteligible en el que las teorías filosóficas y científicas solo contribuyen a generar más desorden (Baudrillard, Illich, Balandier, Dupuy, Jonas, Anders, Zizec, Byung-Chul Han, Sloterdijk, Zizek, Singer). En el pesimismo tonal que envuelve a todos estos pretendidos “profetas” aparece una luz en las palabras del papa Francisco en su viaje a Egipto (mayo de 2017) que disipa los nubarrones: «Cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina… Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir, en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz»[1].

Uno de los derechos del futuro (que ya está asomando) va a ser el derecho a pensar a contracorriente de manera alternativa, diferente al pensamiento único, y también a enfermar, a ser desgraciado, a creer, a repudiar la felicidad… Tenemos que mostrar que la felicidad como la plantea el mundo es una quimera oriental, budista, espuria y emocional, química orgánica. La propuesta cristiana es mucho más radical: a pesar de todo, tenemos vida eterna dentro. 

Decía Julián Marías: «El hombre es el ser que necesita ser feliz y que no puede serlo. La felicidad es un “imposible necesario”»[2], porque en el horizonte de cada experiencia humana irrumpe la insatisfacción de todo deseo realizado, la decepción del proyecto imperfecto, la finitud que nos hace intuir la muerte de otros seres queridos, es decir, la Cruz. Me imagino a la humanidad en un Viernes Santo permanente. Ocultando a Cristo en forma de Eucaristía a los ojos de los fieles hasta el día de la resurrección. Ese ocultamiento o velo o mascarilla… está preñado de alegría y esperanza porque estamos esperando ansiosos el acontecimiento pascual. Pero, nuestra tragedia es que no tenemos nada que esperar. Nadie va a descorrer la piedra y encontrarse los lienzos plegados, las mascarillas como el sudario, plegadas. La mascarilla se va a quedar para siempre. Una mascarilla que opaca el ser, y en la medida en que el rostro es un resumen de la persona, un ocultamiento del ser divino que llevamos dentro. No me imagino a un cerdo o a un perro con mascarilla (aunque todo llegará porque las calles son un auténtico canódromo y se contabilizan más perros per cápita que niños -no tengo nada contra los perros-), pero si tuviéramos que vivir siempre con mascarilla… intuyo la tragedia. La insoportable levedad del ser y la mentira que institucionalizaría, … zombis caminando junto a zombis. Sería la película de terror más naturalista de la historia. Si me callara en este punto, descrito el bárbaro drama que nos asola, este pensamiento se podría publicar en cualquier sitio, tal vez excluido en algún foro animalista o políticamente correcto, pero exagerado: tiene ironía, tiene pesimismo, tiene actualidad, tiene literatura… pero no puede ser, tengo que seguir. 

La mascarilla es un velo que oculta las arrugas, las manchas en la cara, el vitíligo, la verdad. La mascarilla es un signo de los tiempos porque oculta la verdad, es la bandera de la mentira. La mascarilla vela el sufrimiento, lo que no me gusta, saca de la evidencia lo feo, fijando la fealdad en un plano anterior (hay que ver qué mascarillas se pone la gente). La mascarilla evita que se trasluzca la infelicidad. Podemos seguir disimulando en el teatro del mundo. Calderón fue un verdadero profeta. La mascarilla es el paño que tapa la cruz en un viernes santo que se dilata en el tiempo sin que acabemos de ver su final. La mascarilla es el guion del auto sacramental cósmico. ¿Se desvanecerá la esperanza humana para que comience a brillar la divina?


[1] Viaje apostólico del Papa Francisco a Egipto: Santa Misa (29 de abril de 2017). http://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2017/documents/papa-francesco_20170429_omelia-viaggioapostolico-egitto.html

[2] Marías, J., Antropología metafísica, Rvt. De Occidente, Madrid, 1970, p. 251.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s