… y el rostro desnudo del Crucificado

Por Ángel J. Barahona Plaza, el 26 de septiembre de 2020.

El 14 de septiembre fue el día de la exaltación de la Santa Cruz. La Cruz es la clave hermenéutica desechada por todos los filósofos para esta época de transición. Su exaltación como fiesta litúrgica convierte a la Misión de la Iglesia, en todos los lugares donde está presente, en un programa contracultural. La verdadera misión que le espera en el presente y futuro inmediato es enseñar a pensar, a dar sentido a la vida y a discernir (ahora se llaman discriminar) entre lo que es relevante de lo que no es. Lo que los pedagogos llaman las cuatro ces: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad… habría que cambiarlo por un nuevo modo de evangelización: acompañamiento (a la terrible soledad del ser humano sin Dios), Repensamiento (las ciencias tienen que salir del paradigma biologicista que, al final, todo lo reduce materia inerte) y Comunidad (porque el hombre necesita darle una oportunidad a la comunión, la unidad, y a una forma de amor, filtrada por la Cruz, que repudia porque solo unos pocos le han desvelado a esta generación su secreto). 

Cristo crucificado
VELÁZQUEZ, DIEGO RODRÍGUEZ DE SILVA Y
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Lo importante en la vida social no es establecer reglas de convivencia. Lo que el hombre anhela es la libertad de mostrarse como es y ser amado así. Lo importante en educación es tener criterio, algo que no se posee por nacimiento, hay que aprenderlo, pero nadie les dice a los alumnos o a los hijos, que sólo se aprende desde el fracaso (esto se puede comprobar también en la historia de la ciencia). Contar con el fracaso significa estar preparado para el imprevisto. El prediseñar puede agotar fuentes inagotables antes de que salgan a la luz. Derrida decía que el diseño impide lo in-anticipable, o sea, la vida misma. Lo imposible de controlar es lo que define la vida humana. Los intentos de controlar lo que se nos escapa son patéticos, ponen en evidencia nuestros miedos y embargan lo maravilloso de la vida humana, aquello que nos llama a pensar, a tomarnos en serio, a acompañar, a ser comunidad: la libertad cuando la perdemos, los accidentes inesperados, la muerte de un hijo, la enfermedad y, también, el amor gratuito, la alegría compartida, la comida común, todo aquello que justo es lo más importante. Cuando viene el imprevisto y nos asalta lo anulamos, lo narcotizamos, culpamos a otros, lo anestesiamos, o lo llamamos “asombro” –aunque en realidad lo que despierta es rabia contenida e impotencia que inmediatamente convertimos en rutina para no sentir el vértigo o lo despreciamos para no tener que depender del otro y mostrar nuestra debilidad–. Antes se llamaba a eso Cruz, el sufrimiento que te asalta, con el que no contabas. Ahora, después de Nietzsche, lo llamamos fatalidad, destino. Antes lo dotábamos de sentido. Nuestra forma de afrontarlo era responder a la pregunta ¿Qué nos quiere Dios decir con este acontecimiento? ¿Qué tengo que aprender? ¿Qué sentido tiene? ¿Cómo esto me va a hacer más persona? Ahora hemos expulsado de nuestro pensamiento esta pregunta. Habiéndonos hecho dioses por el conocimiento, creyendo que construíamos un mundo perfecto, reparando una creación mal hecha, nos encontramos en que no tenemos respuesta para la frustración, el fracaso, el sufrimiento, la imperfección, y que nuestra torre de Babel, basada en la confianza depositada acríticamente en la ciencia, exige ser revisada. Nos hemos hecho inmunodeficientes para afrontar las enfermedades del alma. Nos hemos hecho intolerantes a la decepción. Lo malo es que tras el incumplimiento de las promesas de la ciencia que nos auguraban un mundo feliz retornan los brujos y la superstición. La expulsión de la Cruz de nuestra vida social hace ininteligible la verdad de la vida cuyo horizonte es la muerte. La expulsión de la muerte, el borrado ansioso de sus huellas, en lugar de potenciar el amor a la vida, la ha hecho rebosar de pavor, de miedo al otro, de angustia. para amortiguar el dolor que produce el recuerdo de la muerte nos hace morir cada día a espasmos agónicos de placer. 

En este tiempo intermedio nos encontramos solos y desnudos ante la intemperie. A penas unas ridículas mascarillas nos separan de enfrentarnos con radicalidad al sentido de la existencia. Histriónica esperanza confiar (solo) en un pobre hombre con bata blanca que teme por su vida, y un pañito de tela que parece interponerse entre la vida y la muerte. La pregunta no es cómo sobreviré, cuándo se acabará esto, quién encontrará la vacuna, quién la pondrá en el mercado, cuando podré respirar aire -lo más puro posible-, sino para qué vivimos, qué sentido tiene la muerte, qué puedo hacer yo por el otro, porque la vida es riesgo, el universo es dinámico, todo está amenazado, la salud es un bien escaso y raro. Si no es un terremoto inesperado, una falla tectónica, una emisión incontrolable de gases de metano en el cono sur, la capa de ozono, el cambio climático, las nuevas enfermedades, o las nuevas versiones de virus que están esperando hacerse públicas… a la 19 le seguirá la covid-20, la 21, …  será la vejez, la oxidación celular, o la conflagración de las estrellas La pregunta es si estamos aquí para algo, porque alguien nos ama, y todo  sufrimiento está lleno de sentido o somos una casualidad penosa llamada a la extinción. De la respuesta que demos depende la alegría en el rostro desnudo, aunque tapado o la tristeza enmascarada tras velos de algodón.


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