Pureza ritual y COVID-19. Aspectos religiosos de la asimilación simbólica de la pandemia.

Por David Atienza, 19 de agosto de 2020

En los tiempos que estamos viviendo, en el umbral del otoño que dispersa los antes poco temidos virus de la gripe, nos encontramos ante la incertidumbre de la segunda ola. ¿Es inminente e inevitable?

Ante este espíritu de “adviento inverso” encuentro que la pandemia y su asimilación simbólica está incorporando cada vez más rasgos de las religiones arcaicas, tal y como las ha descrito René Girard en múltiples ocasiones. Permítanme enumerar algunos de los aspectos COVID-religiosos que sustentan mi intuición. Y por favor, que nadie se ofenda, pues no soy ni de la COVID-religión ni soy de la vilipendiada secta de los “negacionistas”. Solo soy un antropólogo.

Los orígenes de la pandemia se pierden ya en tiempos míticos. Los relatos de origen son múltiples, equívocos y cuasi-poéticos. Son míticos en su naturaleza y función e incluyen símbolos religiosos que ya han sido utilizados y reverenciados por otras culturas más conscientes de su propia religiosidad. Algunos vincularon la pandemia al consumo del pangolín, es decir, al quebrantamiento de un tabú: ¡está prohibido comer carne del pangolín! Esto ya lo sabían los Lele del Congo, tal y como describió la antropóloga Mary Douglas hace más de medio siglo.

Member of Pangolin Society holding dead pangolin (Douglas, 1957).

In the animal world certain creatures mediate between animals and humans. Among these the pangolin is pre-eminent. It has the character of a denatured fish: a fish-like creature which lives on dry land, which bears its young after the manner of humans, and which does not run away from humans. [En el mundo animal, ciertas criaturas median entre los animales y los humanos [para los Lele]. Entre ellas, el pangolín es preeminente. Tiene el carácter de un pez desnaturalizado: una criatura parecida a un pez que vive en tierra firme, que tiene sus crías a la manera de los humanos, y que no huye de los humanos.][1]

El pangolín entre los Lele, solo se puede consumir en contextos rituales asociados con la fecundidad. Cualquier transgresión contamina al culpable e incrementa el peligro de que todos en la aldea caigan enfermos y por supuesto no tengan más hijos. En nuestra cotidianeidad, como los Lele, hemos introducido de golpe y porrazo una distinción religiosa básica entre lo puro y lo impuro. Todo debe de ser continuamente higienizado y se debe evitar a toda costa el contacto entre personas y cosas no purificadas. La comida del supermercado no puede ser introducida en la casa sin un proceso de limpieza ritual metódico. Pero si el ritual, por razón de fuerza mayor, no pudiera ser celebrado, es preciso dejar la compra al menos 24 horas fuera de la casa para no contaminar el espacio puro, domestico y seguro, amenazado por un espacio impuro, inseguro, externo.

Algo similar nos cuenta Mary Douglas del pueblo Lele respecto a la pesca. Cuando las mujeres van a pescar, tarea asociada a la feminidad, deben abstenerse de relaciones sexuales un día antes, pero lo más importante es que cuando regresan debe dejar fuera de la aldea los peces y los utensilios de pesca durante al menos un día, a no ser que se realice un ritual de purificación sobre ellos. Según documentaba Mary Douglas si les preguntas a estas mujeres por qué hacen esto responden que lo hacen to prevent an outbreak of coughing and illness [para prevenir un brote de tos y enfermedad] [2]. Impureza y enfermedad están asociadas en la gran mayoría de religiones arcaicas, pero Mary Douglas, a diferencia de Marvin Harris no asocia este vínculo a un proceso adaptativo sino a un proceso simbólico.

Encuentro otro elemento religioso de la actual crisis en la sacralización de las víctimas. Las religiones arcaicas nacen de un proceso generador y violento centrado en las víctimas. No obstante, es preciso especificar algunos de los elementos que hacen posible el nacimiento de cualquier religión y le confiere capacidad de generar normas y múltiples tabúes. Las víctimas, son consideradas antes de su sacrificio culpables de difundir la violencia indiferenciada, peligrosas, contaminantes. Es por esto por lo que, bien son asesinadas colectivamente, o se las deja morir. Es preciso clarificar que este proceso debe de estar velado a los ejecutores, las masas indiferenciadas, quienes no deben asumir la responsabilidad homicida suscitada por el miedo irracional a la muerte, ya que si así fuera, el mecanismo sacrificial no funcionaria. Para ilustrar este punto, basta con aludir a la muerte de tantas personas en residencias de ancianos durante el pasado invierno, pero no quiero hablar de esto.

Las víctimas tras su muerte, nos cuenta Girard[3], son sacralizadas y de ellas emana el tabú, las primeras leyes que todo el pueblo reconoce como inquebrantables, es decir, divinas en su origen. Así podemos entender por qué leyes y normas, impensables hace seis meses, se hayan podido implementar de manera global en apenas semanas: cuarentenas radicales, cierres de negocios, intervenciones policiales en residencias privadas, encarcelamientos, etc. Ante cualquier protesta, sea o no razonable, se invoca a las víctimas cancelando la posible discusión.

Toda religión necesita sacerdotes y oráculos. En este caso inmunólogos, doctores, virólogos y algunos sanitarios han asumido el control de lo sagrado ya que son ellos los que han estado y están en contacto con las víctimas. Su cercanía, conocimiento y contacto frecuente con el COVID les hace participar de alguna manera de lo sacro. Sus sentencias son inapelables. Es de esta íntima relación con las víctimas sacralizadas de la que emana también la capacidad predictiva del oráculo. Las pitias emiten sentencias que la prensa recoge y publica inmediatamente sin contrastar la información. Pero el oráculo nunca se equivoca, como bien es sabido, se equivocan los que no saben interpretarlo correctamente que suelen ser los políticos.

Todo este ambiente arcaico-religioso está impregnado de cierta posibilidad de duda. Se puede creer en la pandemia o no creer. La prensa potencia esta duda ontológica lanzando información contradictoria que genera caos e inseguridad. La confusión y el miedo irremediablemente exasperan a la gente que se polariza y divide incluso dentro de las familias entre “creyentes” y “negacionistas”. Necesitamos culpables y el otro, si no cumple las reglas, es un criminal en potencia. No sabemos si habrá o no una segunda ola, pero como ya hemos visto, ya disponemos de suficientes víctimas sacralizadas de la primera ola. Ahora nos queda el ritual para minimizar la posibilidad de que esta violencia indeterminada, la plaga, retorne y seamos castigados.

Tenemos rituales de ablución continua y purificadora, nos lavamos las manos, que bien es sabido hay que repetir metódicamente si se entra en contacto con algún objeto o persona impura. Disponemos del uso de mascaras cuando nos introducimos en el dominio público que esta dominado por las fuerzas víricas, y podemos practicar tantas veces como queramos el ritual del PCR introduciéndonos un palito por la nariz. No obstante, lo más efectivo para alejar la ira divina, siempre ha sido el sacrificio de niños. Ya les hemos encerrado en casa por tres meses, pero ahora que debe comenzar el cole tendremos que sacrificar su educación y su bienestar psíquico en el altar de la diosa Salud, porque las víctimas sacralizadas así lo exigen. De todas formas, toda religión arcaica promete una redención y en este caso es la vacuna. La posibilidad de que una vacuna nos libere del virus es la única esperanza a la que se acoge hoy mucha gente.

No es mi intención en este texto menoscabar la dificultad y la frustración que todos estamos experimentando en estos días. Pero si pretendo llamar la atención sobre la escalada violenta que se está produciendo en el mundo y dentro de cada país amenazando con destruir la cohesión social. La vía del mundo solo sabe responder a la violencia con violencia. La religiosidad arcaica está asumiendo hoy esta tarea pero la encubre de principios humanísticos y filantrópicos. Pero si continuamos por este camino ancho cuando acabe la plaga física tendremos que luchar con otra plaga más peligrosa para la que no hay vacuna. Así lo vio en un sueño Raskolnikof que espero que se quede en eso, en una pesadilla[4]:

Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. Triquinas microscópicas de una especie desconocida se introducían en el organismo humano. Pero estos corpúsculos eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas afectadas perdían la razón al punto. Sin embargo -cosa extraña-, jamás los hombres se habían creído tan inteligentes, tan seguros de estar en posesión de la verdad; nunca habían demostrado tal confianza en la infalibilidad de sus juicios, de sus teorías científicas, de sus principios morales. Aldeas, ciudades, naciones enteras se contaminaban y perdían el juicio. De todos se apoderaba una mortal desazón y todos se sentían incapaces de comprenderse unos a otros. Cada uno creía ser el único poseedor de la verdad y miraban con piadoso desdén a sus semejantes. Todos, al contemplar a sus semejantes, se golpeaban el pecho, se retorcían las manos, lloraban… No se ponían de acuerdo sobre las sanciones que había que imponer, sobre el bien y el mal, sobre a quién había que condenar y a quién absolver. Se reunían y formaban enormes ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero, apenas llegaban al campo de batalla, las tropas se dividían, se rompían las formaciones y los hombres se estrangulaban y devoraban unos a otros.

En las ciudades, las trompetas resonaban durante todo el día. Todos los hombres eran llamados a las armas, pero ¿por quién y para qué? Nadie podía decirlo y el pánico se extendía por todas partes. Se abandonaban los oficios más sencillos, pues cada trabajador proponía sus ideas, sus reformas, y no era posible entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y allá, los hombres formaban grupos y se comprometían a no disolverse, pero poco después olvidaban su compromiso y empezaban a acusarse entre sí, a contender, a matarse. Los incendios y el hambre se extendían por toda la tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.

Fiodor Dostoievski, Crimen y castigo.

[1] M. Douglas, “Animals in Lele Religious Symbolism,” Africa: Journal of the International African Institute 27, no. 1 (1957): 52, https://doi.org/10.2307/1156365.

[2] Douglas, 52.

[3] Vease por ejemplo René Girard, Sacrifice (Michigan State University Press, 2011).

[4] René Girard, “The Plague in Literature and Myth,” Texas Studies in Literature and Language 15, no. 5 (1974): 833–50.


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