Víctimas metálicas. Las estatuas chivoespiatorias de San Junípero Serra y otros.

Por David Atienza, 2 de Julio de 2020

En los últimos meses hemos sido testigos de eventos inusitados y quizás inimaginables para la mayoría de nosotros cuando brindábamos recibiendo el nuevo año 2020. Y, sin embargo, parece que nos hemos ajustado bastante bien a ellos, o quizás, de alguna manera esperábamos que algo así pudiera suceder algún día. En el fondo todos estamos familiarizados con la precariedad de la vida y con los mecanismos innatos propios de nuestra especie que nos han acompañado por miles de años.

Uno de los acontecimientos que a muchos ha indignado incluso más que la pandemia o el acierto o desacierto de su gestión por los políticos de turno, ha sido la reciente destrucción de estatuas, que se inició en los Estados Unidos de Norte América y que alcanzó incluso algún pueblecito de Mallorca, en España, donde nació Junípero Serra. Pero, de nuevo, lejos de ser algo inaudito, es un evento que se entiende perfectamente desde la teoría mimética y confirma, una vez más, su carácter holístico y hermenéutico. Algo que algunos sistemáticamente se empeñan en negar.

Las masas no se han lanzado contra los puertos marítimos que recibieron a los esclavos en el siglo XIX quemando sus pantalanes y hangares y todo lo que recuerde el tráfico inhumano de la esclavitud. Tampoco se han dedicado a destruir los parques y jardines de Boston o de otras ciudades que posiblemente se construyeron con los beneficios de empresarios que participaron en la extorsión, la explotación y la esclavitud de personas de diferentes etnias. No. Las masas se han visto atraídas por las estatuas de personajes históricos, que no son meras estructuras metálicas con cierto valor simbólico, sino que son representaciones humanas, sustitutos metálicos sacrificiales.

Para un ojo entrenado en la teoría mimética, es evidente, que lo sucedido estos días se parece mucho al paroxismo ritual que alcanza el clímax con el esparcimiento de la sangre del del chivo expiatorio, del pharmakos. La muerte o expulsión de la víctima sacrificial, real o simbólica reconcilia al pueblo extirpando la violencia que les acecha y que amenaza con la total destrucción de la sociedad.  

En los Ángeles, como en muchos otros sitios, tras el sacrificio colectivo de la indefensa figura metálica de Junípero, los activistas afirman que el sacrificio, sin duda violento, era justo y necesario. La prueba de ello es que tras tu expulsión/muerte/destrucción se inicia inmediatamente un proceso de sanación en la comunidad. La muerte del chivo expiatorio al que se le acusa unánimemente de todo el sufrimiento de la comunidad, de todo el mal que nos asola, devuelve repentinamente la salud y la paz. Evidentemente no se reconoce a este sujeto estático y, por lo tanto, indefenso, como un chivo expiatorio sobre el que se han lanzado acusaciones míticas sin previo juicio imparcial académico e histórico. Para que el mecanismo victimario funcione se debe velar, ocultar – méconnaissance­–, el mismo mecanismo y ciegamente debe apuntarse con el dedo y de manera unánime al culpable.

Desde la muerte y resurrección de Cristo que ha desmitificado el mundo, la ideología ha sustituido progresivamente a la mitología, especialmente en occidente. Pero tal y como apuntaba Girard, ambas se parecen sospechosamente. Son muy similares. Ambas necesitan víctimas a las que culpar del mal y de la violencia que cada uno posee y decide ejercitar. Ambas sacrifican a estas víctimas esperando que la paz, el amor, la justicia aparezca por arte de birli birloque tras la muerte de la víctima. Ambas practican parodias legales proclamando sentencias de culpabilidad y de muerte cuando no pueden explicar el origen real de la violencia que les acecha. Pero también en ambas, la víctima, tras la ejecución asume una relevancia mayor, es sacralizada.

Las estatuas de Junípero han dejado un espacio vacío que no se puede llenar. Este espacio está cargado de simbolismo y se transforma en una tumba, en un nuevo monumento mucho más potente. Las pequeñas estatuas olvidadas por años en algunos rincones apartados de los EE. UU. han tomado una relevancia inusitada. Los debates sobre estas figuras históricas se han retomado y durante varios días muchos norteamericanos se han preguntado por primera vez en su vida quién era Junípero Serra o se han leído partes de las memorias de Colón. Porque, al final, no es tan fácil borrar la historia, pues al hacerlo siempre queda una cicatriz que es más elocuente que la piel virgen. Lo único que se puede hacer es olvidarla y para ello sólo basta con dejar hablar de ella.


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